juicio de valor

Toda evaluación implica un juicio de valor

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La evaluación implica un juicio de valor:

El saber puede objetivarse (objetividad entre paréntesis) a través del comportamiento y, por lo tanto, puede ser evaluado por alguien que observa este comportamiento, a partir de ciertas expectativas. Es importante tener en cuenta lo siguiente: son estas expectativas las que nos permiten asignar valor al comportamiento del “otro”, del estudiante que aprende, del estudiante que “sabe”. Tenemos que ser muy cuidadosos, claros y responsables en lo siguiente: la evaluación, aún cuando se base en complicadas mediciones cuantitativas, constituye un juicio de valor, una apreciación que se sustenta en expectativas de carácter subjetivo. En este sentido, la educación formal necesita desarrollar un equilibrio entre las expectativas internas del estudiante, que son la base de su motivación y de su proceso de aprendizaje, y las expectativas externas al estudiante, en relación al desarrollo y la expresión de sus saberes. Expectativas que provienen de la sociedad, de la escuela, de la familia y de los docentes.

Por supuesto, que la evaluación del comportamiento del estudiante, como expresión objetiva (entre paréntesis) de su saber, es y debe ser una práctica fundamental dentro de las instituciones educativas. Sin embargo, y, al mismo tiempo, esta evaluación tiene que ser un aporte al proceso de aprendizaje del sujeto y no un obstáculo, no un elemento que coarte e inhiba su curiosidad, su autopercepción, su autonomía y el desarrollo de su pensamiento. Lamentablemente, en muchas de nuestras escuelas esta ecuación está completamente invertida, porque han asumido un papel de instancias de acreditación y no de espacios de formación.