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Una evaluación planteada para el desarrollo humano, no para el mercado

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Evaluación para el desarrollo humano:

En la actualidad, al sistema educativo ha incorporado la responsabilidad de certificar el saber de los estudiantes para suministrar recursos humanos al sistema productivo. Se da por sentado que las cosas deben ser de esta manera. Pero, ¿por qué?. Si la educación es una actividad de interés público, asumida por la sociedad para mejorar las condiciones de vida de la gente, transmitir a las nuevas generaciones la cultura y el conocimiento acumulado por la humanidad durante miles de años, formar mejores ciudadanos, liberar a las personas de las condiciones y de los límites que les impiden realizarse, ¿por qué debe centrarse en la preparación de capital humano para satisfacer las necesidades de un sector en particular de la sociedad?

La educación debe ser concebida, en primer lugar, para potenciar el crecimiento y el bienestar de los estudiantes, como también, el progreso de la sociedad, en términos generales. Por supuesto que es conveniente que exista una articulación entre los fines de la educación y los requerimientos del sector productivo. Lo que no es aceptable es que, en términos prácticos, se imponga la certificación de recursos humanos para los intereses de un sector en particular, como el fin último y principal de la educación. Si vivimos en una sociedad donde las oportunidades para la gente son profundamente desiguales, donde muchos seres humanos apenas consiguen sobrevivir en entorno violentos y en condiciones, prácticamente de esclavitud, la educación no puede hacerse cómplice de esta situación, ni adoptar una actitud pasiva, complaciente, ante los poderes que controlan a la sociedad. No puede seguir desarrollándose como un espacio de alienación, donde a los estudiantes se les enseña a competir para obtener ventajas pequeñas en un medio que explota su temor al futuro, a la pobreza y al desamparo. La educación no debe seguir funcionando como una instancia estructurada para que las personas se adapten, de manera decreciente, a la injusticia, el abuso, el maltrato y la cosificación.

En este sentido, la evaluación tiene mucho qué decir y qué hacer. Primero que todo, necesita liberarse de su carácter autoritario y punitivo. Cambiar la creencia absurda de que una educación buena y exigente es aquella que castiga a los estudiantes con las calificaciones.

En segundo lugar, los saberes que se pretende medir, deben estar bien justificados y no tienen por qué constituirse como lo único, ni como lo más importante que se trabaja en el proceso formativo.

En tercer lugar, la institución y el sistema educativo deben entregar las condiciones para que todos los estudiantes, sin distinción, tengan la oportunidad de incorporar y demostrar aquellos saberes que determinan sus posibilidades de inserción en el medio social. La tarea principal de las instituciones no es seleccionar ni clasificar, sino proveer los medios y el apoyo para que los estudiantes elijan aquello que les interesa, que los realiza y que constituye un aporte para el resto de la sociedad.

En cuarto lugar, y relacionado con lo anterior, la evaluación debe propender a equilibrar la valorización de los diferentes ámbitos del conocimiento y del quehacer humano. Si las actividades que una sociedad requiere para funcionar, se establecieran con inteligencia, creatividad y respeto hacia las personas, habría espacio real para la vocación. Los trabajos alienantes, esclavizantes o aquellos que denigran al ser humano, simplemente no tendrían cabida.

En quinto lugar, la medición y la valoración del comportamiento del estudiante para corroborar la presencia de un saber debiera considerar y sistematizar la mirada no sólo del profesor, sino también de los otros estudiantes (co-evaluación) y, por sobretodo, la mirada de quién está siendo evaluado (autoevaluación). En caso que los saberes que se necesitan para llevar a cabo una determinada actividad no se hayan alcanzado, para lo único que sirve un juicio externo, que no es comprendido ni asumido por el estudiante, es para inhibir su aprendizaje en el futuro.

Por último, se debiera estructurar y plantear la evaluación de tal manera, que fomentara la honestidad, como actitud, y la autenticidad, como principio. Hoy por hoy, se tiende a atribuir el cien por ciento de la responsabilidad de las malas prácticas instaladas en el sistema educativo para burlar los mecanismos de calificación y evaluación, a los estudiantes. Sin embargo, es difícil ser honesto con los propios errores, fracasos y falencias, cuando estos se generan a partir de exigencias impuestas y, muchas veces, sin sentido, y cuando su reconocimiento implica exponerse a castigos y coerciones de diferente naturaleza.