aprendizaje animal

Diferencia entre el aprendizaje humano y el aprendizaje animal

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Aprendizaje humano y el aprendizaje animal:

¿Qué es lo que diferencia el aprendizaje humano del aprendizaje que consiguen desarrollar otras especies?

Perros y gatos, sobretodo en su etapa de cachorros, permanentemente están explorando el medio en el que se encuentran y si esta exploración va acompañada de un resultado “positivo”, suelen repetir esta conducta hasta que logran aprenderla. Es así, como aprenden a sobrepasar obstáculos e ingresar a diferentes lugares para conseguir comida y a ladrar o maullar para pedir esta comida a sus amos.

Para poder establecer la relación entre una causa y un efecto en el tiempo, es necesario que nuestra existencia se desarrolle un un mundo donde hay tiempo y fenómenos que ocurren en el tiempo. Es necesario que seamos capaces de esperar un acontecimiento que podemos imaginar.

A través del instinto, un sinnúmero de especies ha generado mecanismos para adaptarse al medio ambiente, a través de respuestas que no vinculan, de manera directa, el resultado de una acción con un estímulo determinado. Por ejemplo, las aves construyen los nidos en que habrán de guarecerse y empollar a sus crías, recogiendo ramas y colocándolas una por una. Las abejas, mediante una acción colectiva, crean sus panales; los roedores su madrigueras. Es también posible que algunos animales “presientan” una catástrofe como un terremoto, antes de que este ocurra, ya sea, por sonidos o cambios en el medio ambiente. Por último, otros animales son capaces de perseguir a sus presas, sin necesidad de percibirlas, sólo detectando algún tipo de huella o de señal que éstas dejan en el entorno.

Sin embargo, adoptar un comportamiento no instintivo, que se constituye como una respuesta diferida y aprendida ante una situación determinada, es algo que, al parecer, es propio de nuestra especie humana. Es probable que este tipo de respuesta tenga su origen hace más de un millón y medio de años, en nuestros antepasados del género homo. Existen evidencias en el ámbito de la paleontología, de que en Kenia, al este de África, el homo erectus ya utilizaba el fuego. La “domesticación” del fuego permitió a nuestros antepasados defenderse de otros animales, iluminarse, proveerse de calor y algo muy importante: cocinar el alimento, haciéndolo más blando, más digerible y eliminando las bacterias y las infecciones, lo que habría de repercutir en una disminución de la mortandad y en la generación de las condiciones para que nuestro cerebro aumentara de tamaño. Ahora bien, ¿cómo es posible que el hombre consiguiera domesticar el fuego, cuando por instinto todos los animales huyen despavoridos ante su presencia? Algo ocurrió en nuestros antepasados que fueron capaces de romper con las órdenes de la naturaleza, configuradas en su propio sistema nervioso, enfrentarse al horror de quemarse vivos y superar este gigantesco miedo a través de una respuesta diferida, no instintiva y, probablemente, con rasgos de “conciencia”.