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Dos dimensiones de las actividades de aprendizaje

Ideas evaluación

Dimensiones de las actividades de aprendizaje

La actividad, en términos generales, y el hacer que involucra, posee dos dimensiones: la transformación que alguien realiza del medio que le rodea y de sí mismo, y la percepción de aquella transformación por el sujeto o por los demás.

En relación a la primera dimensión, el sujeto transforma el mundo que le rodea mediante su acción, desde una perspectiva intelectual y emocional. Los demás no ven está perspectiva, sino el mundo que cambia a través de la acción de alguien. Quién actúa, tampoco ve esta perspectiva, sino que la vive, está en ella, y desde ella percibe el mundo que cambia a través de su acción. Es cierto que un sujeto siente sus emociones y se hace consciente de su pensamiento, pero a partir de la “huella” que va dejando la perspectiva que asume a través de su acción, en su cuerpo y en el mundo que le rodea. Por lo tanto, el mundo en el que vivimos los seres humanos se llena, permanentemente, de huellas, que nos muestran quiénes somos y dónde estamos, al tiempo que nos indican la perspectiva y la intención de los demás, y nos permiten la comunicación con ellos. Cuando utilizamos el lenguaje, por ejemplo, vamos en busca de estas huellas para interpretarlas y cargarlas de significado: en una conversación, otra persona nos habla o nos escribe y nosotros vamos en busca de sonidos o de signos impresos, que comprendemos como palabras y oraciones con significado.

En relación a la segunda dimensión, la actividad de los demás (y la mía) transforma el mundo y deja huellas. Huellas que son perceptibles de alguna forma, a través de alguno de nuestros sentidos: la vista, el oído, el tacto, el gusto o el olfato. Las huellas que dejan las actividades, ya sean individuales o colectivas, también se les llama evidencias. En el caso de las actividades de aprendizaje en educación, se les llama evidencias de aprendizaje, aunque aquí utilizaremos un término más modesto: evidencias de trabajo o de desempeño, ya que, como recordaremos, el aprendizaje tiene que ver con un proceso, en el que hay un antes y un después en el comportamiento del aprendiz.

Las evidencias de desempeño en el ámbito de la educación, como las huellas de cualquier tipo de actividad, son percibidas por alguien que intentará comprenderlas, atribuirles significado y asignarles valor, sobretodo cuando existe un propósito evaluativo. Cabe, entonces, la pregunta, ¿dónde está el valor y el significado de estas evidencias en el desempeño de actividades de aprendizaje, llevadas a cabo por los estudiantes?. Partimos de la base y en coherencia con todo lo que se ha planteado en el presente material, que el valor y el significado no está en las evidencias mismas, no está en las cosas, no está en las huellas. Está en los sujetos que interactúan, que se comunican, que aprenden y enseñan, a través de ellas. Esto implica que la evaluación de actividades de aprendizaje es, esencialmente, un proceso de comunicación, donde se codifican y decodifican mensajes, que se transmiten a través de diversos canales, y donde los sujetos construyen significado y atribuyen valor a la información que se intercambia.

En un proceso de enseñanza-aprendizaje, por lo tanto, no sólo se requiere que el estudiante “aprenda a hacer”, sino también que aprenda a comunicar aquello que ha incorporado como aprendizaje y al mismo tiempo, se necesita que el docente sea capaz de orientar este proceso de comunicación y de recoger, de manera adecuada, la información (evidencias) que el estudiante entrega, cuando sus actividades son valoradas.