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El lenguaje en las actividades de aprendizaje

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El lenguaje en las actividades de aprendizaje

En el ámbito de la educación formal, existen cientos de actividades que se llevan a cabo con el objetivo de fomentar el aprendizaje. Muchas de estas actividades están centradas en la producción de información escrita, que el estudiante entrega mediante diferentes tipos de producto: informes, guías, cuestionarios, apuntes, reportes, producciones literarias, pruebas y exámenes, etc. Por una parte, es natural que sea de esta forma, ya que el lenguaje es el principal “instrumento” que utilizamos las personas para comunicarnos y, a su vez, el lenguaje escrito permite registrar y almacenar la información de las actividades que realizan los alumnos, facilitando su decodificación, su comprensión y su valoración en un tiempo prolongado, que va más allá de una interacción anclada en el presente. Por otra parte, la razón de por qué predomina el lenguaje escrito en las actividades que desarrollan los estudiantes, tiene que ver con que todavía está fuertemente instalada la mirada del racionalismo académico en la mayoría de los sistemas educativos. Desde esta mirada academicista, se desnaturaliza la actividad y se pone el énfasis en el contenido, que pasa a conformar el centro de todo el proceso, convirtiendo a la educación en un ritual tedioso y desvinculado de las necesidades y de las expectativas de transformación de los estudiantes. Sin embargo, vale la pena clarificar, que no se trata de una deficiencia del lenguaje, ni del lenguaje escrito, como un medio que permite la comunicación en el ámbito educativo. El problema está en aquella mirada que se desentiende de que el aprendizaje es un proceso esencialmente activo, que necesita la participación y el compromiso por parte de quién aprende.

Para conseguir que una guitarra produzca sonidos armónicos, es necesario aprender a tocar las cuerdas de la guitarra. Para aprender a interpretar música con una guitarra, no basta con saber manipular las cuerdas de la guitarra, con cierta destreza y velocidad; es necesario “educar el oído”, reconocer acordes, aprender a leer partituras, entre otras cosas. Para aprender música, no basta con ser capaz de tocar algún instrumento; es necesario conocer los principios organizadores del discurso musical, comprender sus componentes y sus formas de codificación, conocer repertorios, tener nociones de historia de la música, etc. En otras palabras, se necesitan saberes prácticos y teóricos, que requieren capacidades de ejecución y de manejo conceptual y que las personas expertas o preparadas, incorporan de manera integrada. Conocer y hacer no son dos cosas contrapuestas. Por el contrario, están profundamente vinculadas.

Si bien, a través del lenguaje manejamos conceptos, esto no quiere decir, de ninguna manera, que el lenguaje sólo sirva para manejar un conocimiento abstracto. También es una herramienta que nos permite modificar nuestra experiencia, nuestra percepción y nuestra forma de acceder al mundo que nos rodea, al tiempo que nos permite comunicar dicha experiencia a otros y orientarlos para que la incorporen.

Pensemos en la siguiente situación: un estudiante está aprendiendo a tocar la guitarra. Utiliza los dedos de su mano izquierda para presionar algunas cuerdas del diapasón en determinadas posiciones. Con su mano derecha, mueve todas las cuerdas y escucha cómo suena un acorde. El profesor escucha también el sonido, y le corrige: “utiliza la yema de los dedos y con tu pulgar, abraza con más fuerza el diapasón de la guitarra”.

Pensemos, ahora, que tenemos un estudiante que lleva tiempo practicando y ahora posee un nivel de intérprete avanzado. Toca una melodía y el profesor le corrige: “debes tener mayor cuidado con el paso de una nota a la siguiente, ya que en varias oportunidades, mientras interpretabas, se rompió el ligado de la frase. Te recomiendo que practiques utilizando un tempo lento, que te permitirá sincronizar, de manera profunda y consciente, los movimientos que luego te facilitarán el trabajo en velocidad. Reducir el momento de la interrupción de la vibración entre nota y nota depende absolutamente de que puedas escuchar esa interrupción. Si realizas el trabajo en velocidad hay tantas órdenes mentales sucediendo en simultaneidad que el proceso de escucha se torna secundario, anulando cualquier sentido a la práctica”.

En ambos casos, los estudiantes llevan a cabo una acción: el principiante presiona las cuerdas para hacer sonar un acorde; el estudiante avanzado toca una melodía. El alumno principiante necesita concentrarse para aprender a coordinar el movimiento y la fuerza de su mano izquierda, en coordinación con el movimiento de la mano derecha. El alumno avanzado, lleva a cabo movimientos mucho más sofisticados, mucho más precisos. Sus manos y su cuerpo ya están educados para producir sonidos con la guitarra. Sin embargo, necesita mejorar aún más su técnica. Necesita perfeccionar sus habilidades motrices, pero no puede hacerlo si no “afina el oído”. Es decir, pone en juego, también su capacidad de escuchar música, lo que en la nomenclatura de Garner sería su inteligencia musical.

Tanto en el caso del alumno principiante, como en el caso del avanzado, el profesor utiliza el lenguaje hablado, provisto de conceptos, para dar indicaciones en relación a la manera de actuar. Así mismo, los estudiantes podrían utilizar este lenguaje para expresar las dificultades o hacer preguntas en relación a los ejercicios que están ejecutando. Para descubrir cuánto saben y cuánto han aprendido sus alumnos, por supuesto que el camino más directo para el profesor, es hacerlos tocar la guitarra, pero también podría obtener información relevante, preguntándoles en torno a sus dificultades o en torno a la técnica que están utilizando. Extrapolando esta cualidad del lenguaje, podría hacerles una prueba escrita para evaluar su aprendizaje musical, en función de sus respuestas verbales. El problema con esto, es que estamos a un paso de escindir el proceso de aprendizaje de la modalidad de evaluación, introduciendo la mirada academicista que prevalece en el sistema educativo. Bastará con que se condicione el reconocimiento del trabajo del estudiante en función de los resultados que se obtienen en la prueba escrita, para fomentar la retención de información abstracta, en lugar de promover un aprendizaje contextualizado: perfectamente, un estudiante podrá aprender “la materia” en lugar de aprender a tocar la guitarra, para ser bien valorado y tener éxito en el proceso.

Para finalizar, en la actualidad se cuenta con herramientas computacionales que permiten amplificar y mejorar sustantivamente las posibilidades de memoria, de cálculo, de expresión verbal y de comunicación. Todas estas capacidades, existentes a través de la interacción del ser humano con la computadora, pueden constituir un aporte gigantesco al trabajo que un profesor necesita realizar para retroalimentar, apoyar y valorar las actividades de aprendizaje que llevan a cabo los estudiantes. Por ejemplo, aquel rito de crear pruebas “objetivas” de contenidos, aplicarlas en papel, corregirlas una por una, y utilizar los resultados para calificar a los estudiantes, hoy puede sustituirse por un tipo de ejercicio mucho más eficaz y flexible, sobretodo desde el punto de vista de la retroalimentación: a través del uso de plataformas educativas, el profesor puede crear baterías de preguntas que utiliza para configurar distintas pruebas en diferentes momentos. Estas pruebas pueden autocorregirse y calcular puntuaciones, de manera automática. Los estudiantes tienen la posibilidad de responderlas el número de veces que se estime conveniente.

Así mismo, las plataformas educativas virtuales nos permiten registrar, ordenar y valorizar todo tipo de actividades llevadas a cabo por los estudiantes, contando con herramientas de búsqueda y procesamiento de la información, que pueden ser utilizadas para automatizar el trabajo del docente, sobretodo en relación a aquellas tareas repetitivas que demandan una gran cantidad de tiempo y de energía. Por último, estas mismas plataformas, bien manejadas, entregan la posibilidad de ampliar y diversificar las instancias de comunicación entre las personas que participan de un determinado proceso formativo, generando alternativas que complementan la clase presencial, o, lisa y llanamente, la sustituyen, como en el caso de la educación e-learning.