violencia

La evaluación actual enseña la violencia

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Enseñanza de la violencia:

Hoy ya no se maltrata físicamente a los alumnos en la escuela. Ni los profesores ni los padres lo consideran aceptable. La ley tampoco lo permite. La sociedad, en su conjunto, lo condena. Sin embargo, ¿podríamos decir que de la escuela se ha erradicado la violencia? Más exactamente, ¿podríamos decir que la estructura misma de la educación formal no mantiene intacta la lógica de la violencia, como aquella fuerza mediante la cual uno o varios individuos imponen su voluntad sobre los otros? Cuando la evaluación es utilizada, principalmente, para amenazar, para castigar psicológicamente y para clasificar, ¿no estamos en presencia de otra forma de violencia, que solamente es más elaborada y menos evidente que la violencia física? El supuesto de que las personas aprenden a actuar y a comportarse, en relación con otros, a través del miedo a la exclusión y a la pérdida de oportunidades, ¿no conlleva, en sí mismo, una determinada visión del ser humano que, en sí misma, justifica la violencia como metodología de acción y de enseñanza?

La educación formal, cumple un papel fundamental en la realidad que hemos aprendido. Sin embargo, lo que enseña la escuela y la universidad está muy lejos de aquello que dice enseñar o transmitir. Como señalaran Pierre Bourdieu y Jean Claude Passeron en La Reproducción (1979), la educación es un agente fundamental en la reproducción de las estructuras de las relaciones de poder y en la utilización de la violencia simbólica para el adoctrinamiento de las personas y, en particular, de las generaciones más jóvenes. Lo más importante que la educación formal transmite y enseña no son los contenidos que están declarados en el currículum, sino un conjunto de creencias, de valores, de roles, de actitudes, de aspiraciones, e incluso, del papel que tiene (o que deja de tener) el pensamiento y el conocimiento en la vida de las personas y de la sociedad. El sistema educativo promueve una visión utilitarista del conocimiento: aquel que sabe algo y que es capaz de certificarlo en las instancias que tienen el poder para clasificar a las personas según su formación, además de ser valorado socialmente, dispondrá de mejores oportunidades laborales, de mayor estatus y de más posibilidades de tener y de acumular riqueza. El conocimiento y la educación se presentan como instrumentos para adaptarse, pasivamente, en una sociedad competitiva y violenta, que naturaliza los privilegios de los más fuertes y justifica el sometimiento de los más débiles. La educación formal está muy lejos de fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de conocer, como facultades que permiten dar sentido al mundo que nos rodea y como herramientas que nos ayudan a relacionarnos de mejor forma con los demás seres humanos.

Por su parte, la evaluación de aprendizajes, tal como se aborda en la actualidad en muchos sistemas educativos, fomenta la segregación, la discriminación y la clasificación de las personas, desde que son pequeñas hasta que llegan a la edad adulta, en función de una mirada externa, que se impone al sujeto y a su capacidad de discernir y valorar el mundo en el que se encuentra incorporado. Es una evaluación coercitiva, diseñada para reprimir la creatividad, y para menoscabar la capacidad personal de autorregulación, e interpersonal de diálogo y comunicación. Una evaluación que forma parte de sistemas educativos cuyo propósito principal no declarado ni reconocido, es el de formar personas que aprendan a adaptarse, de manera pasiva, a un sistema social cuyo dogma es el individualismo y la competencia zoológica de unos contra otros.