fines de la educación

Recuperar una finalidad democrática de la educación

Ideas aprendizaje

Finalidad democrática de la educación:

El informe de la UNESCO presidido por J. Delors (1996) se afirma que “la finalidad principal de la educación es el pleno desarrollo del ser humano en su dimensión social. Se define como vehículo de las culturas y los valores, como construcción de un espacio de socialización y como crisol de un proyecto común”. En “La educación o la utopía necesaria”, J. Delors, afirma que “la educación tiene la misión de permitir a todos, sin excepción, hacer fructificar sus talentos y todas sus capacidades de creación, lo que implica que cada uno pueda responsabilizarse por sí mismo y realizar su propio proyecto personal”.

El gran problema es que existe una enorme brecha entre aquello que se declara en el papel, como los fines que orientan e inspiran a la educación, y lo que sucede en la práctica: los fines que determinan, en términos reales, la estructura de funcionamiento del sistema educativo. Es completamente lógico que ocurra de esta forma, por la manera en que están planteadas las cosas en un contexto general.

La educación, no se desarrolla en abstracto. Depende del tipo de sociedad donde está inserta. Actualmente, las sociedades de los diferentes países en, prácticamente, todo el mundo son interdependientes unas de otras. La economía, en un determinado país, está sujeta al funcionamiento de un mercado global, cuya regulación no depende ni de la política, ni de las leyes que se establecen en ese país. Por el contrario, la política y las leyes que se establecen en un determinado país intentan satisfacer las supuestas “demandas” de un mercado que no se maneja por la voluntad ciudadana, sino por poderes económicos y financieros transnacionales. Basta observar, por ejemplo, cuando hay elecciones presidenciales, cómo los medios de comunicación, que en su mayoría también están manejados por poderosos grupos económicos, inciden en la opinión pública, evaluando a determinados candidatos por la “manera en que reaccionarán los mercados” si el candidato sale electo. O cómo un conjunto de leyes son promulgadas localmente a través de criterios estandarizados internacionalmente e incluso sobre la base de documentos que ya vienen redactados, por la presión que ejercen empresas transnacionales de manera directa o a través de la acción de otros gobiernos. Por ejemplo, leyes de propiedad intelectual que defienden los intereses de laboratorios farmacéuticos, casas discográficas, empresas de software, etc.

Cuando en una sociedad la política, que es la actividad mediante la cual se resuelven las necesidades que plantea la convivencia colectiva, es despojada del poder para elegir los fines de aquella convivencia colectiva, se convierte en un mero trámite que, en el mejor de los casos, sirve para determinar quién administra un sistema de relaciones sociales y productivas ya definido. Se trata de nuestras democracias formales, a través de las cuales, cada cierto tiempo, la gente tiene la posibilidad de votar, sabiendo que su participación no incidirá en nada importante.

En una sociedad donde la participación ciudadana es una formalidad, los fines de la educación también están determinados de antemano. Los verdaderos fines no son los que redactan los especialistas en educación de la UNESCO, de la ONU o de los gobiernos locales, sino aquellos que impone un mercado sin rostro, cuyo funcionamiento, aparentemente, depende de una “mano invisible”. Para algunos, esta mano invisible es la ley de la selección natural, para otros, los más religiosos, es la mano de Dios. Lo que jamás se acepta es que este mercado se encuentra profundamente condicionado por la intencionalidad y por los intereses de los grupos que manejan el poder económico y financiero, tanto de manera local, como globalmente.

La principal finalidad de la educación está concebida, en nuestro sistema educativo actual, para preparar mano de obra para incorporarla al mercado productivo. Esta finalidad, será asumida desde diferentes puntos de vista: para los empresarios, la educación deberá formar trabajadores, no sólo eficientes, sino también creativos, innovadores y con “valores”: que no sean conflictivos, que defiendan la propiedad privada, que crean en la democracia formal, que sean buenos consumidores y que sepan endeudarse; que tengan la capacidad de trabajar en equipo, pero al mismo tiempo y ante todo, que sean competitivos e individualistas.

Si queremos una educación que este al servicio de la libertad, del desarrollo y del bienestar del ser humano y no en función de los intereses de los grupos de poder que manejan la economía, necesitamos que los fines de la educación estén en manos de la gente, de los ciudadanos. Necesitamos que, en términos sociales y políticos, la reflexión en torno a los fines de la educación exista; que no sea algo que se da por hecho o que se cree que es materia de los especialistas. Los especialistas están para orientar los procesos, para iluminarlos, para darles forma, para traducir su conocimiento en un lenguaje comprensible y universal, no para ser parte de una maquinaria que ha arrebatado el sentido y la dirección de dichos procesos de las manos de la gente.

Si el principal interés que existe en relación a la evaluación es generar información para identificar, comparar y clasificar a los estudiantes dentro de un sistema educativo diseñado para seleccionar y proveer capital humano al sistema productivo, los procedimientos e instrumentos de evaluación que se desarrollan y se aplican, deben estar ceñidos a la medición estandarizada y centralizada del saber. Debemos considerar que una evaluación diseñada para comparar y clasificar a los estudiantes, y para que compitan entre sí, en torno a determinadas oportunidades de crecimiento, desarrollo y reconocimiento, fomentará el individualismo. En segundo lugar, dejará a algunos como perdedores y a otros como ganadores, favoreciendo un clima de violencia, en que se ve al otro como una amenaza. En tercer lugar, será una evaluación cuyo punto de partida, es la degradación de las personas, ya que utiliza el sentimiento de vulnerabilidad como estímulo para cumplir con exigencias externas, aún cuando las tareas asociadas a estas exigencias no tengan ningún significado para el aprendizaje.

Ahora bien, si la evaluación se entiende como una actividad integrada dentro del proceso de formación de las personas y, a su vez, la formación de las personas que provee el sistema educativo tiene como propósito desarrollar el aprendizaje de ciudadanos responsables de sí mismos y de la sociedad en la que viven, el principal interés de la evaluación será fomentar el pensamiento propio, la capacidad de trabajar en equipo, la creatividad, la valoración de la cultura y la seguridad en sí mismos de los estudiantes. Desde esta perspectiva:

a) prevalecerá, por tanto, una evaluación comprensiva, que apoya y entrega luces al aprendiz para que mejore sus prácticas y acreciente sus conocimientos;
b) será una evaluación centrada en el diálogo, donde el estudiante recibe apoyo para incorporar saberes que le permitan ir superando desafíos y pasando etapas;
c) la relación profesor(a)-alumno(a) deberá basarse en el respeto mutuo: el estudiante es una persona llena de capacidades, que tiene la intención y la necesidad de aprender; el(la) profeso(a), por su parte, es un profesional, especialista en lo que enseña, que está al servicio del alumno(a);
d) el sistema de evaluación no está configurado sobre la base del castigo ni del autoritarismo;
e) las calificaciones no podrán ser impuestas, sino que deberán ser el producto de una reflexión conjunta entre el docente y el estudiante;
f) por último, tanto el “no saber”, como el error, no solamente serán considerados parte del proceso, sino que se verán como condiciones absolutamente necesarias para que el aprendizaje se produzca. Reconocer el “no saber”, es lo primero que se necesita para aprender. Del mismo modo, el error debe ser identificado con rigurosidad, pero no para castigarlo, sino para mejorar a través de él.