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Segregación a través de la evaluación

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Segregación a través de la evaluación:

En la educación formal, en términos generales, la evaluación está centrada en dilucidar el saber de los estudiantes, y no en acompañar su aprendizaje. Comúnmente se toman pruebas en momentos específicos. Pruebas que preguntan todo tipo de cosas y que los(as) estudiantes deben responder, en función de patrones de respuestas que se consideran correctas o apropiadas y que el(la) profesor(a) utiliza como parámetro de comparación para asignar valor a sus respuestas. Esta valoración suele traducirse en una calificación, que forma parte de un sistema de calificaciones que determina premios, castigos, reconocimientos de diversa naturaleza y la promoción de los(as) estudiantes, en diferentes cursos y niveles. Finalmente, el historial y la trayectoria del(la) estudiante en este sistema, determina su titulación que, en el fondo es una credencial para acceder a un “mercado” de nuevas oportunidades académicas y de condiciones laborales.

Pero, ¿que ocurre si es más determinante la influencia que tiene el(la) estudiante de su familia y de su entorno para obtener buenos resultados en las evaluaciones, que la propia enseñanza que le entrega la institución educativa? ¿qué ocurre si su “éxito” o su fracaso académico se relaciona más con el aprendizaje que adquiere en los primeros años de vida, cuando prácticamente forma sus principales habilidades cognitivas y comunicativas, que con las actividades y contenidos previstos en el currículum? ¿qué sucede si la relevancia de los saberes que se evalúan en el sistema educativo se reduce, principalmente, al propio sistema educativo para promover, clasificar y otorgar credenciales a los(as) estudiantes? Si la respuesta a estas preguntas es afirmativa, el panorama de la educación formal es sencillamente desastroso: un sistema educativo que no se ocupa del aprendizaje, que centra sus energías en evaluar saberes irrelevantes, para clasificar a las personas en función de las oportunidades que tienen a partir de la cuna y que, además, es funcional a una estructura social, basada en una competencia en desigualdad de condiciones, que favorece la concentración del poder en pocas manos.

En el tipo de sociedad en que vivimos, en la que existe una gran desigualdad de oportunidades, y donde la educación se ha incorporado como un mecanismo para clasificar a las personas, la evaluación y medición de saberes no sólo determina el acceso a diferentes roles y actividades, sino que define la posibilidad de obtener diferentes derechos y privilegios, asociados a estos roles. Aún cuando, desde el punto de vista de nuestra biología, los seres humanos nacemos con capacidades y potencialidades equivalentes, la educación se encarga, si no de generar desigualdad de oportunidades, al menos de acentuarla y de validarla. Nadie nace para ser ingeniero, médico, indigente o cajero en un supermercado. Por esta razón, un sistema educativo que se basa en la medición, la comparación y la clasificación de las personas, es absolutamente funcional a un tipo de sociedad que se estructura a través de la desigualdad.