interrogante

Todo aprendizaje comienza en el “no-saber”

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Sé que nada sé:

Imaginemos una máquina con un conjunto de botones. Cada botón está diferenciado por un determinado color y al presionarlo, la máquina produce un plato de comida. Por ejemplo, al presionar el botón azul, la máquina entrega un hotdog; al presionar el botón rojo, entrega un plato de pollo con patatas fritas y al presionar el botón naranja, produce un plato de pescado. Una persona se enfrenta por primera vez a la máquina. Ni siquiera sabe para qué sirve. Entonces presiona el botón naranja y sale una pierna de pavo asado. Vuelve a presionar el botón naranja, y sale otra pierna de pavo asado. Presiona el botón verde y sale un plato de tallarines. Vuelve a presionar el botón verde y sale otro plato de tallarines. Presiona el botón amarillo y sale un plato con garbanzos. Podrá suponer que al apretar nuevamente el botón amarillo saldrá otro plato con garbanzos, así como también podrá suponer que si aprieta un botón diferente a los que ya ha utilizado, saldrá un plato de comida que todavía no sabe cuál es. Pensemos que esta persona ya ha experimentado con todos los botones y que ha aprendido a utilizar la máquina expendedora de comida. ¿Cómo sabemos que esta persona sabe utilizarla?

Para darnos cuenta nosotros, como observadores, que la persona sabe utilizar la máquina expendedora de comida, tendremos que esperar un resultado de su comportamiento con los botones. La persona nos dirá: “cuando apriete el botón naranja saldrá una pierna de pavo asado”. Entonces, aprieta el botón naranja y sale una pierna de pavo asado. Luego nos dirá: “cuando apriete el botón café, saldrá un plato de cerdo con arroz”. Aprieta el botón café y sale un plato de cerdo con arroz. Así, después de que la persona nos anuncie el plato de comida que saldrá al apretar varios botones, si esta predicción se cumple, podremos constatar que sabe utilizar la máquina expendedora de comida. Otra posibilidad, que en esencia es lo mismo, pero planteado de otro modo, es que nosotros le pidamos una pierna de pavo asado y la persona apriete el botón naranja. No es imprescindible que nosotros conozcamos el funcionamiento de la máquina para constatar que la persona sabe utilizarla, pero sí, al menos, necesitamos tener una expectativa del resultado de su comportamiento (sacar determinados platos de comida presionando botones en el panel de la máquina).

¿Y cómo se da cuenta la persona que utiliza la máquina que ha aprendido a manejarla? Al principio, no sabía nada de la máquina o, para ser más exactos, casi nada. Sabía que no sabía utilizarla y este “no saber” ha sido fundamental para su posterior aprendizaje. Si la persona hubiera visto los botones de colores y no hubiese esperado nada de ellos ni hubiese hecho nada con ellos, nunca habría aprendido a utilizar nuestra máquina. En ese “no saber”, había un saber importantísimo: los botones estaban ahí para algo, para que alguien explorara y conociera su funcionamiento. En ese “no saber” estaba el germen del aprendizaje posterior, que básicamente consistió en incorporar en su saber la relación entre su comportamiento (la experiencia de apretar botones) y determinados efectos o resultados en el mundo (la experiencia de sacar platos de comida de una máquina). En resumen, podemos afirmar que la persona aprendió, porque fue capaz de transformar su no-saber, o su saber incompleto, en torno a su comportamiento y a los resultados de su comportamiento en un “pedazo del mundo” (la máquina expendedora de comida), en un saber más depurado y más completo.

Muchos animales comparten con nosotros esta capacidad de aprender en relación a su conducta y los efectos de su conducta en el medio. Pareciera que esta capacidad de aprendizaje se encuentra relacionada con la “curiosidad” o, más bien, con la disposición que tiene el animal a explorar su entorno. Cuando las conductas son instintivas, responden a un programa genético, que hace que los los seres vivos actúen siempre de la misma forma, en cambio, cuando se adquieren a través del aprendizaje, aún cuando pueden tener una base genética, la conducta que adopta el animal depende de una interacción específica con su medio ambiente. Esta visión de aprendizaje es coherente con aquello que nos muestra la biología: mientras más depende la conducta de un ser vivo del aprendizaje, mayor es el tamaño de su cerebro y, específicamente, de aquellas zonas del cerebro que se configuran a través de la experiencia del individuo con su medio. En el caso de los seres humanos, las conexiones sinápticas que se llevan a cabo en la corteza del cerebro ocurren, en un alta proporción, durante los primeros años de vida, sin embargo, la transformación de estas conexiones es permanente a lo largo de toda la vida del sujeto. Del mismo modo, es difícil desconocer que la adquisición del lenguaje en los seres humanos depende, en gran medida, de capacidades y tendencias innatas, como también es sesgado negar que una persona adquiere el lenguaje gracias a la experiencia que incorpora en el proceso de comunicación con otros.